El cartismo cultural
Presentado oficialmente como «prestigioso conferencista e historiador», el bioquímico Fernando Griffith fue designado el pasado viernes 9 de septiembre como nuevo secretario de Cultura. Dueño de la fundación Paraguay Poderoso y asesor local en liderazgo de la fundación de Jonh Maxwell (gurú estrella del gobierno en la «capacitación» de la burocracia estatal a partir de una mezcla de autoayuda y espiritualidad pseudoevangélica), el nuevo funcionario asume sus funciones con un claro propósito: «recuperar la identidad de nación grande y próspera que tenía en el siglo XIX y volver a ser ejemplo para todo el mundo» (http://www.ip.gov.py/ip/?p=117102).
Sin pretender aventurar el futuro de su gestión como funcionario de Estado, en lo que sigue proponemos un análisis de algunos elementos de su particular visión del mundo, signada por un abanico de ideas que van desde el uso ideológico de las neurociencias, pasando por una interpretación de la supuesta supremacía cultural guaraní, hasta una lectura política no menos clara de la realidad social paraguaya.
La supremacía de la cultura guaraní
En otro de sus vídeos (Paraguayos), Griffith sostiene la tesis de que el pueblo paraguayo es multirracial pero unicultural. Refuerza su idea afirmando que «no hay rastros de otras culturas en la identidad guaraní», pero sí rasgos «genéticos» de varias «razas» (sic). De este modo, la precariedad intelectual del ministro de Cultura se hace patente cuando confunde, de manera tragicómica, estereotipos culturales con supuestas características naturales de otros pueblos (los paraguayos tenemos «la determinación y el carácter de los vascos», «la capacidad de trabajar de los catalanes», «el orden y el ingenio alemán», «el amor por el arte, el estilo y el diseño de los italianos», «la capacidad de comerciar de los libaneses», etcétera).
Lo que en principio se negaba, es decir, la presencia de otras culturas en el «ser nacional», reaparece como cualidades tomadas en préstamo por medio de algún misterioso mecanismo no explicitado. Sin embargo, una correcta atención al «pensamiento» de Griffith esclarece la aparente incoherencia de su discurso: las cualidades incorporadas de otros pueblos no son en realidad cualidades culturales, sino sustratos genéticos. No se subsumen, «hegelianamente», determinaciones del espíritu, sino bancos genéticos provistos de «potencialidades actitudinales». Así, para el encargado de las políticas culturales del Paraguay, la cultura no existe como tal: es un epifenómeno de determinaciones biológicas. No hace mención a una historia, ni mucho menos da cuenta de procesos de construcción colectiva. Lejos de responder a una dinámica de apropiaciones y reapropiaciones que involucre la memoria, el conflicto y la participación de las instituciones, para Griffith la cultura es algo que está ahí desde siempre, un hecho natural al que hay que dejar fluir. Como al libre mercado, no deben ponerse trabas a la grandeza de nuestro acervo cultural; a lo sumo, presentarlo, tal cual es, en los prestigiosos ciclos de conferencias y demás aquelarres que suelen reunir a nuestra impresentable intelligentsia local.
Esta apelación biologicista a lo «natural», a «lo genético» y a la «raza humana» –categoría en desuso por lo menos desde mediados del siglo XX– como sustrato de la identidad, puede sugerir alguna adhesión al discurso nazi. Sin embargo, creemos que el núcleo de su discurso es otro: un supremacismo guaraní de connotaciones mágicas, por momentos delirante, por momentos enigmático (nunca se ha traducido en un éxito expansionista), pero que en todo caso se conjuga perfectamente con el imaginario liberal del individualismo y el culto al mérito.
Es en este sentido que debe entenderse la tesis implícita del secretario de Cultura de que la «cultura guaraní» puede ser considerada como superior a la «raza aria» puesto que la primera no necesita holocaustos para aplastar y disolver al resto. Es tan superior que no le hace asco a la «mezcla». En los términos de Roberto Esposito, ni siquiera necesita de «dispositivos inmunitarios» para conservar su pureza genotípica y fenotípica, y eso porque no existe en el universo «cuerpo extraño» capaz de amenazarla. Por el contrario: el ser de lo extraño se encuentra consigo mismo cuando ingresa a la unidad cultural guaraní. La «cultura guaraní» es, así, inalterable e in-degenerable. Es una fuerza vital que, apenas entra en contacto con otras «razas», las disuelve en su particularidad, alimentándose de ellas sin ningún riesgo de contaminación.
De cualquier modo, siguiendo el hilo argumental de Griffith, podemos entender que el supremacismo guaraní constituye una suerte de «nazismo superior y renovado», sin miedo a la mezcla, sin necesidad del gueto, casi universal pero siempre bajo la lógica de la incorporación y disolución del otro, de la destrucción de su particularidad en la unidad cultural guaraní (que, recordemos, admite «razas», pero no otras culturas). Por ello, es un supremacismo más parecido al de los «American values» (libertad negativa, consumo, meritocracia) que al del racismo nazi. La superioridad se ve en que convierte al otro, lo fagocita y lo homogeneiza, no en que lo elimina. No se elimina al «cuerpo extraño»; se lo incorpora y se diluye su otredad.
Un orador motivacional para un gobierno deprimido
Si la Dra. Causarano fue necesaria para dar prestigio a un presidente que creía que las políticas culturales consistían en recuperar el Jardín de la Cerveza, hoy el escenario es otro (como señala Sergio Cáceres Mercado en un reciente artículo publicado en el diario Última Hora, «El gobierno de Cartes va hacia su franca decadencia en esta segunda mitad de su mandato»). En este momento de ostensible debilidad política del gobierno, marcado por la agonía del proyecto reeleccionista, la fractura del partido oficialista, los ocho militares asesinados por la narcoguerrilla y un nivel de desaprobación ciudadana de más del 80%, más que prestigio lo que se necesita es una inyección ilimitada de motivación. Ya no reconocimiento, crédito y reputación, sino estímulo, impulso y entusiasmo. Griffith es aquel que viene para dar un abrazo y decir que todo va estar bien, con la voz afectada de la falsificación histórica, el delirio biologicista y la venta de humo profesionalizada, revestidos todos con los honores del rango ministerial.
Sin embargo, Griffith no es solo el líder motivacional que necesita el gobierno en este momento de debilidad. Sus teorías –un cóctel de confusión, extravagancia y desvarío– podrían además proveer al gobierno de un relato, de una narrativa que le permita delinear una identidad ideológica más clara. En ese sentido, no se debe perder de vista la sintonía del discurso de autoayuda con todo orden neoliberal (por ejemplo, en la justificación positiva de la pérdida de derechos laborales y la supuesta conquista de una mayor libertad y autonomía individual), así como las condiciones óptimas que este último proporciona a su difusión. Si algo no debe ser subestimado es la audacia de la demencia, puesto que en determinados momentos puede expresar una verdad histórica, en este caso la de la derecha paraguaya y sus tópicos favoritos: el llamado a un optimismo nacionalista que no admite cuestionamientos al poder, la visión de la desobediencia como enfermedad, la queja y la victimización como supuestas causas del fracaso personal. El poder no siempre es el lugar del ocultamiento y la mentira, sino, de manera mucho más fundamental, el de la enunciación de sus propias verdades y aspiraciones.